sábado, 21 de julio de 2007

Historia de un personaje de rol

Un dia me propusieron crear una historia para un personaje de rol, y, bueno, era un reto que no me disgustaba realizar. Me puse a ello, y salio esto que os dejo a continuacion. ¿La partida? Quedo suspendida por razones que no viene al caso contar ^^.

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Empezaremos desde el principio. Yo era un chaval de pueblo que quería emanciparse a cualquier precio así que un día le comente lo de irme de mi casa a mi padre y buscar curro en la gran ciudad de Zaragoza. Por aquel entonces mi padre tenía ciertos conocidos por la ciudad y me pudo proporcionar una cama y algo de dinero para ir tirando hasta que encontrase un trabajo.

El lugar no estaba mal del todo, era un pequeño hogar de dos habitaciones, baño y cocina; y una pequeña terraza que daba a luna placita con unos pocos tristes árboles.

Más o menos al mes de estar allí encontré un trabajo bastante decente de ayudante de carpintero que me permitía ganar un pequeño sueldo con el que ir tirando y ahorrar un poquito. También empecé a conocer a la gente de por allí, y dada mi habilidad para contar chistes me hice amigos muy rápido.

Todo iba viento en popa, y un día planeamos salir al centro de la ciudad, donde se juntaba mucho la juventud, para hacer amigos, y “amigas”… Una vez allí fuimos a un garito de mala muerte donde servían vasos de garrafón del peleón. Estábamos hablando en la mesa cuando un conocido común nos presentó a Flavio. La primera vez que le vi iba de punta en blanco, muy arreglado, y sus modales eran finos y recatados. Nos fuimos todos juntos a un local donde tocaba un guitarrista muy bueno. Me fui enterando por el camino de que Flavio era un francés de padre desconocido y madre española, y que tras cierto tiempo allí en la tierra de los gabachos, vino a buscar fortuna a Zaragoza. Por el camino nos dimos cuenta de que no era normal, hacia chistes absurdos y muchas gamberradas, era como si estuviera un poco mas allá que acá. Pero me caía bien. Según llegábamos al local una pandilla de gitanos nos interceptó. No estaba yo muy puesto en esto de las peleas pero en mi pueblo me había entrenado con lo de cultivar y llevar sacos de patatas y acarrear ovejas y carne. No estábamos dispuestos a darles nada así que les ignoramos, pero Flavio les gasto una broma bastante fuerte, les dijo que si sabían ya que sus madres eran poco feas porque les tapó la cara a cada una de ellas para follarlas y por eso estaban ellos en el mundo. Ahí se lió todo. Por suerte estábamos equilibrados en número por ello nos repartimos uno contra uno. El mío era mas bien chaparro pero de brazos considerables y me lanzó un directo al estómago que me dejó sin respiración; retrocedí un par de pasos hasta recuperar la compostura, el tiempo suficiente para darme cuenta de que lanzaba su segundo golpe y esquivarlo. Fijé los pies en el suelo y lancé el que seria mi primer puñetazo. Quería darle en la cara pero el puño fue directo al cuello y noté como este crujía, y el tipo se desplomaba rápidamente; y mientras note como el gitano que iba a por Flavio estaba ya en el suelo sangrando abundantemente por la nariz. Al final se batieron en retirada y cansados y magullados, pero contentos nos fuimos a un bar a celebrarlo. Al día siguiente desperté sin acordarme de casi nada.

Los días pasaban, y ya tenía novia formal, pero seguía saliendo con los amigotes a pasar las noches. Un día me toco ir a llamar a Flavio, y me acerqué a su casa a por él. Nos fuimos andando, la nuestra era ya una amistad sólida, sentía respeto y admiración por él, y fuimos charlando amigablemente por el camino. Al momento de cruzar una esquina oí un tejido rasgarse al lado mío. Era el gitano al que Flavio machacó hacia unas noches, y estaba empuñando una navaja que se había hundido tres cuartas partes en la espalada a la altura del riñón de Flavio. Pero aquello si que no me lo esperaba. En vez de desplomarse al suelo una maquiavélica sonrisa apareció en sus labios y exclamó con su acento francés:

- Creo que me ha picado una chinche.

El gitano retrocedió atemorizado, y yo me quedé con los ojos como platos. Flavio se sacó la navaja y lamió su filo con placer, diciendo que su madre siempre le decía que no había que lamer los cuchillos, que era de mala educación.

En un rápido movimiento Flavio se acercó al gitano y dijo:

- ¡Atchus! La gente como tu me provoca alergia.

Y con un rápido y eficaz movimiento ensartó su mano en el pecho del gitano y le saco el corazón por la espalda.

Yo me quede alucinado por aquello. Flavio sostenía en alto el palpitante corazón del gitano mientras este seguía ensartado en su antebrazo, moviendo la pierna inconscientemente con los ojos abiertos de par en par y la mandíbula desencajada de terror. Luego el asesino me miro, a mí, y me pregunto:

- ¿Qué? Te vas a quedar ahí parado o nos vamos a mi casa a que me cambie de chaqueta.

Sentía terror por aquella escena, pero también una especie de oculta fascinación, mientras sostenía el corazón lleno de reflejos en la líquida sangre producidos por la tenue luna. Cogió el cuerpo y lo lanzó muy alto, con una especie de fuerza sobrehumana, tanto que se quedó incrustado en una chimenea.

- Ahora sabemos lo que nunca va a ser ese despojo… ¡Deshollinador!

Y me empecé a reír, algo que no pude evitar. A continuación me dijo que le caía bien, que era como un amigo, y que si quería poseer su “don”.

Muchas cosas pasaron por mi cabeza, pero, a pesar de todo, le entregué mi destino a él, a mi amigo. Y, no me arrepiento en absoluto. El me enseño todo lo que se, como aprovechar todos mis nuevos y excepcionales dones, y usar la oscuridad como mi mejor aliada. Nunca volví a ver la luz del sol, y el dinero ya no fue un problema, ni la comida, ni la edad…

Juntos pasamos las mejores noches de nuestra vida, divirtiéndonos a costa de la noche, y tuvimos la mejor amistad entre dos hombres que nadie recordará.

Hasta la noche fatídica, aquella en que salimos a cazar al parque de al lado de mi casa. Había un trío de borrachos solos, comentando los buenas que estaban las mozas de aquella época. Mi amigo Flavio decidió que era un buen objetivo, así que nos acercamos por detrás. Pero una intensa llamarada proveniente de un candil que alguien había lanzado nos echo para atrás, y antes de que nos diéramos cuenta, estábamos rodeados de siete caza vampiros. En un rápido movimiento yo me encargué de dos con mi sable, y Flavio de otros dos. Pero uno de los que quedaban llevaba ballesta, y atravesó mi pierna con una flecha. Gire la cabeza hacia Flavio, pero me di cuenta de que había mas gente, detrás de él concretamente, y fue ensartado por dos lanzas, ya era demasiado tarde para él.

Perdí el control, y arranque a dos sus respectivas cabezas, y una de ellas se la lancé al tercero del grupo inicial, impactándole de lleno en la nariz, creo que perdió el conocimiento pero no me dio tiempo a comprobarlo porque le atravesé el pulmón cuando estaba tendido en el suelo con un cuchillo de uno de los descabezados. Quedaban los tres que habían matado a Flavio, y uno de ellos me disparó en el hombro con una ballesta. Me arranqué la flecha y se la clavé en el ojo, cogí su cuerpo y se lo lancé a uno de los que iban con lanza, y con la lanza de este, que se había caído al suelo, ensarté al tercero, y luego a los otros dos que estaban en el suelo.

Me lamí las manos de sangre. Había acabado con todos. Enterré el cuerpo de Flavio, y le dije:

- Has muerto, pero no en vano, porque gracias a ello ¡he inventado el Pincho Moruno!

Me había convertido en un vampiro tiempo atrás, pero ahora ya era un Malkavian. Y me fui de allí, en busca de otra ciudad que me abriese sus puertas.

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