lunes, 19 de noviembre de 2007

Negra y criminal: la visita

Abrí los ojos de nuevo. Estaba en aquel cuartucho que rezumaba un olor a decadencia, el cual no podías evitar sentir. Después de un rápido duchazo (no quería alargar en demasía la estancia en la pensión en la que me alojaba), me preparé para lo desconocido. No tenía planes la mañana del miércoles, y decidí que un poco de turismo por la ciudad de Barcelona no iría mal.

Salí del lugar con todo lo que un turista más o menos debe de llevar encima: plano de la ciudad, cámara con pilas y memoria vacía, botella de agua y disimulo para que no se notara que no era de la zona, aunque eso no le importase a nadie. Una de las visitas que tenía planeada era la que comprendía la librería de novela negra, pero solo abría a partir de las 16’00, y eso significaba que me quedaban cuatro horas para rellenar.


Pasé al Cercanías para ir desde el pueblo donde estaba al centro de Barcelona, y en mitad del trayecto sufrí el inexorable destino de los transportes públicos en esta Comunidad Autónoma, un retraso de media hora. La música de mi reproductor de Mp3 alivió bastante esta espera, aunque siempre se te queda la misma cara de circunstancias cuando crees que no vas a salir de allí, más aun cuando el conductor tiene que tirar de megafonía para advertir a los ansiosos que no usasen los dispositivos de apertura de emergencia de las puertas.

Ya en Arco del Triunfo me dispuse a sobrellevar lo que quedaba de tiempo de la mejor manera posible, así que un suave paseo de ritmo lento sería la mejor opción. Bajando por el Passeig de Lluis Companys eché un par de fotos inevitables al Arco, y también al precioso trabajo de herrería que conllevaban las farolas del paseo. Sin mirar el mapa ni un segundo, llegué por arte de la caprichosa casualidad al Parc de la Ciutadela. Me venía al pelo entrar en un parque como este, podría distraerme la vista con la vegetación y los monumentos que allí pudiera haber.

Según entré en este parque, giré a la izquierda, para ver si habría algo interesante, ya que a la derecha se levantaban un par de imponentes edificios que me sugerían que ese era uno de los límites de la zona. Tras medio centenar de metros, un conjunto escultórico se ganó otra de mis fotos, aunque seguro que no era uno de sus mejores momentos. Salvando las distancias, me recordaba a una persona con aparato dental, ya que se estaban restaurando las piezas de la escultura principal, y los andamios y el utillaje no componían un gran cuadro junto con el modelado de la piedra.

Cierto olor almizclado hizo su aparición por aquella zona, aunque erróneamente yo lo atribuí a la gran cantidad de aves que rondaba por allí, como palomas, patos y gaviotas. Seguí andando hacia la derecha y rodee un lago con barcas que seguro recordaba mejores momentos, con gran parte de sus vehículos haciendo esfuerzos para ganarse el adjetivo de “flotante”. Otro conjunto de edificios surgen ante mí, pero no parecen ganarse mi interés, así que continúo.

Llegué a un callejón que me dejaba una opción de salida volviendo a girar a la derecha, y supongo de buena manera que intentar una maniobra de infiltración entre los setos no era lo más adecuado en aquel momento. Lo curioso es como oía de lejos ruidos de animales que no me sonaban en absoluto. Siguiendo el camino, ya convertido en carretera, llego a una rotonda donde se sitúa la respuesta a ciertas dudas de aquel momento: había estado rondando el Zoológico de Barcelona. Aquel lugar se había ganado una visita, tenía tiempo y dinero para ello.

La visita al Zoológico me trajo recuerdos agridulces de infancia, de la escuela donde estudié tiempo atrás. Recuerdos amargos de haber sido chivo expiatorio, recuerdos dulces de haber triunfado en el recreo sobre los enemigos, con los amigos. Aún sigo disfrutando como un niño con todos los bichos que allí compartían morada, y buena prueba de ello son el casi centenar de fotos que fundí en cazarlos a todos para el recuerdo (ello me obligó a hacerme con otra tarjeta de memoria para echar fotos en el salón). Un placer que volvería a repetir sin duda, esto de la visita a un zoológico.

La hora me acercaba a lo que había ido a visitar. Así que era el momento de comer. Pero primero quería localizar la tienda. Me acerqué al punto de información de la boca de Metro de Barceloneta, y más o menos situé la tienda por los datos que recordaba. La suerte me volvía a sonreír cuando caí en la cuenta de que había estado aquí antes. Concretamente el año pasado, en un albergue al fondo del paseo de Juan de Borbón. Y me acordaba de donde quedaban las cosas, aproximadamente. La casualidad había querido que el lugar por que el transitaba hace un año escondiese en sus callejones el sitio que iba a visitar el año siguiente.

Una vez orientado me acerqué a un Kebab, no buscaba nada más que rellenar el buche a un precio razonable. Pese a las ofertas que me podía ofrecer el cercano centro comercial, me decanté por un local próximo a la zona, cuyos precios parecían razonables desde fuera. Aunque luego no lo fueran tanto en el interior. A pesar de ser uno de los Kebab más completos que haya probado en mi vida, con lombarda fresca, salsa abundante, carme crujiente y cebolla suave e intensa; los siete machacantes que me sajaron por el bocadillo turco me dolieron en el alma. Alguna vez en la vida tienes que caer para aprender.

El buche lleno botaba de satisfacción, en contrapartida con la cartera, que se quejaba de la cuchillada. Y me dirigí al callejón donde se encontraba la tienda. La zona inspiraba una mezcla curiosa de sensaciones. De todos es sabido que Barcelona me infunde un tipo de sentimientos muy curiosos, tiene una identidad individual (quizá como todas las ciudades), que marca al viajero de fuera, y que coexiste sin hacerse notar en todos los residentes de allí. Los callejones de arquitectura particular se disponían en paralelo separados por unos edificios de corte singular, muy estrechos y alargados. Lo curioso es que los edificios parecían dispuestos de aquella manera solo para separar las calles y evitar que la gente se confundiese al andar por la zona.

Y llegué a la puerta, no sin antes tener que importunar a algunos viandantes con preguntas sobre la localización de la calle, ya que algunas se mostraban despojadas de placa de identificación, lo que supongo no sería problema para el residente, pero si para el visitante.


Tras la puerta se escondía una tienda llena de detalles. Toneladas de libros en las estanterías que necesitaban de alguien que les diera el placer de ser usados. Una decoración que te localizaba en algún rincón de cada una de las obras que allí se contenían. Humprey Bogart en la tele interpretando el papel de uno de esos detectives cuyo carisma personal se sale de cualquier tabla de baremos. Y una misma pasión en todo lo referente a lo que había ido a buscar: novela de género negro y criminal.

Una timidez inhóspita recorrió mi cerebro, entrando en la tienda y dando el paseo típico fingiendo saber lo que buscas. Pero pronto me percaté que era un novicio en este género, y necesitaba de alguien que me enseñara la punta del iceberg. Y entablé una agradable charla con el dueño de la tienda, quien se ofreció a ilustrarme el camino del género.

El tiempo fluía caprichoso entre nuestra conversación, en la que le comentaba lo que había leído y escuchaba para aprender de lo que me decía. Cinco libros cayeron en mi mano, dos de los cuales ya han sido insaciablemente devorados. Me llevé también la camiseta de la tienda, promocionarla no es una idea que me disguste. El caso es que ya tenía lo que quería, había ido a visitar la tienda y había conocido al dueño de uno de mis rincones favoritos de España. Miré de nuevo el reloj a la salida, y dejé patente la promesa de que la próxima vez que visitara Barcelona, volvería a ir a la tienda.

Volví a la tienda de mi amigo Toni, que trabajaba por las tardes cerca de la estación donde me había apeado, allí me encontré con Edu, que me dio un paseo por la ciudad, para colocar la guinda al pastel que había sido ese día. Y al día siguiente iría al salón. Pero probablemente el mejor día fue la víspera, y ese recuerdo quedará imborrable. Negra y criminal se llama la tienda, os recomiendo que os paséis por allí si alguna vez habéis querido saber quien fue Philip Marlowe o Gravedigger Jones.

3 comentarios:

darkironman dijo...

Me ha gustado como lo has contado, solo hubiera hecho falta que alguien te hubiera apuñalado en el Zoo, para que el relato en si hubiera sido rendudantemente negro y criminal, pero mejor no!!!

me ha gustado mucho lo de:
"algunas se mostraban despojadas de placa de identificación, lo que supongo no sería problema para el residente, pero si para el visitante"
.see you.

Kintaro_Ramone dijo...

Tio me ha encantado leer este relato especialmente una parte en la que me siento identificado plenamente
"Una timidez inhóspita recorrió mi cerebro, entrando en la tienda y dando el paseo típico fingiendo saber lo que buscas. Pero pronto me percaté que era un novicio en este género, y necesitaba de alguien que me enseñara la punta del iceberg. Y entablé una agradable charla con el dueño de la tienda, quien se ofreció a ilustrarme el camino del género."

Cualquier persona que tenga una aficion y quiera convertirse en un autentico amante de esa aficion va a pasar por esta experiencia seguro...

Un salido tio =D

darkironman dijo...

Filin te recomiendo la nueva saga que he empezado te va a interesar