martes, 1 de abril de 2008

13 horas: Capítulo 2


Descansamos un rato, suficiente para recuperar un poquito el buen humor y hacer fotos de la zona. A continuación volvimos a partir para hacer el segundo tramo de la caminata...
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Descansamos un rato, suficiente para recuperar un poquito el buen humor y hacer fotos de la zona. A continuación volvimos a partir para hacer el segundo tramo de la caminata. Nos desplazamos por un sendero que iba por la cuerda de la cadena montañosa. Sin embargo, este sendero, que confiábamos que fuera mas o menos recto, descendió tramposamente una cantidad considerable de metros, para luego volver a subir hacia la loma de la siguiente montaña. El ganado que pastaba por allí nos miraba con cara confiada, y probablemente se riera de nuestra imposibilidad de andar por fuera de los caminos.



Mas adelante el camino terminó la bajada, que hicimos con cierto agrado simplemente por el hecho de estar cuesta abajo. Se comenzaba a subir con una inclinación más que discutible, y pronto nos vimos agotados en la mitad de la cuesta, volviendo a la misma situación de cansancio que habíamos sufrido hace un rato. Justo en ese momento vimos en unos riscos bastante cercanos a una manada de cabras montesas descansando y tomando el sol de media mañana. Buen momento para una foto. Seguimos subiendo la trabajosa cuesta mientras el sol pendía sobre nuestras cabezas. Las piedras me volvían a hacer resbalar un poco, que no significa nada si estas bien, pero que en estos límites de cansancio, cualquier cosa que te impida avanzar se nota. Al llegar a la loma notamos que era bastante más fácil de caminar, y nos dirigimos hacia la mira. Puedes llegar a la montaña por varios caminos, pero la cumbre siempre está en el mismo punto, en un torreón construido allí por alguien que probablemente no estuviera tan matado como nosotros en este momento.

Si bien las cuestas empinadas son complicadas de subir, las poco empinadas pero largas son unas perras traicioneras. Mas cuando ves ahí delante el torreón, pero todavía te queda por andar. Llegamos al segundo punto de descanso en este tramo el torreón, una montaña que tiene sus buenos 2300 metros de altura. Desde arriba lo ves todo claro, diáfano. Te sientas en lo más alto y descubres que estás escuchando los ritmos de tu corazón, estás en sintonía con tu cuerpo. Las piernas me tiemblan del palizón, pero es el momento de meterse un sándwich para el cuerpo y reposar un poco. El agua escaseaba, pero no podemos hacer nada para rellenarla, así que apuramos una de las botellas y nos damos una merecida pausa.



Aproveché para echar fotos a unas águilas que revoloteaban a una altura impresionante, también a unos ejemplares de cabra montesa que descansaban en un lugar cercano pero inaccesible para nosotros. A un lado teníamos los Galayos, unos picos muy populares para escalar, y esta popularidad se hacia patente en las dos o tres cordadas diferentes que estaban en el proceso de ascenso. Algo impresionante de ver, y seguro que también de vivir.

Tras una pausa de veinte minutillos nos pusimos de nuevo en marcha, ya con las gorras puestas para protegernos del sol. Otra vez la espalda sudada y esa sensación de frío húmedo, pero el cansancio acumulado que llevaba encima se encargó de que no lo notase demasiado. Me miré los brazos, que aparecían llenos de motas negras, eran el sudor mezclado con el polvo del camino.



Continuará...

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