viernes, 30 de octubre de 2009

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Aquí sigue oliendo a barrio, a pueblo. Aún en Madrid, con todas sus gentes, sus calles, sus humos de ciudad altiva y moderna, queda todavía un lugar que le recuerda a la gigante capital aquello que una vez fue. En Gomeznarro aún huele a pueblo. Y las tardes caen igual que en todas partes, y las farolas no alcanzan a alumbrar las esquinas de particular distribución, ni los callejones por los que se accede a las viviendas.

Pero no es una oscuridad de la que tener miedo, es un vacío de luz que recuerda cuando se vuelve por la noche a la última casa del pueblo, en ese momento se sabe que mas allá de la luz no hay nadie, nada más que campo. Realmente detrás de la sombra sigue habiendo ciudad, pero no importa, porque aquí el tiempo pasa de manera distinta.
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Esta gente se camufla con el resto de Madrid, pasea por sus calles, usa sus transportes. Pero sigue viviendo de otra manera. Poca gente joven hay, pero el barrio sigue viviendo. Gomeznarro formó parte de lo que una vez fue el poblado de Hortaleza, un pueblo próximo a la capital, que fue engullido en su totalidad en algún momento de su historia.

Y sin saberlo, y probablemente sin quererlo, fue testigo de cómo pasó a formar parte de una de las contradicciones que son parte de la gran ciudad, que son muestra de sus desigualdades, y también parte de su identidad. Y es que Gomeznarro vive a escasos 10 minutos de Arturo Soria, y a unos 30 de la zona del Conde de Orgaz, zonas de dinero y, en algunos casos, verdadera opulencia.

Gomeznarro colinda con la carretera de Canillas, con el carril del Conde, con la calle Andorra. Le queda cerca el dinero, pero también la clase esa a la que pertenecemos todos aquellos a los que no nos sobra el dinero nunca. Y desde luego, sus ideas están más cercanas a estos últimos. El pueblo visita a los que se fueron a la capital para intentar prosperar. Pero en este caso el pueblo y la capital forman parte de una misma cosa. Los hijos visitan a los abuelos, solo que no cogen el coche, sino el metro, y en ocasiones, ni eso siquiera.

Justo al lado de una inmensa torre de arquitectura particular y dieciséis pisos de viviendas, siguen estoicos unos pequeños chalets adosados que no suman ni cien metros cuadrados entre las dos plantas. Entre puerta y puerta un cartero tiene cuatro pasos de distancia. Pero Gomeznarro sobrevive entre moles de hormigón, entre gentes que apuran el paso para ir a ningún lugar, entre coches, humos y prisas. Porque esta calle, que es de todo menos una calle, ya conoció en su momento a los bloques de pisos, mas pequeños, pero bloques. En cierto momento a los chalets se les añadieron bloques de cuatro pisos y dos puertas sin ascensor.

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Aquí se hace de noche al mismo paso que en toda la ciudad, pero cuando hace frío flota en el aire ese delicioso olor a chasca, a lumbre, costumbre que algunos aún guardan. Todavía el vecino conoce al de su lado izquierdo, y al de cuatro casas más allá, y a la mitad de la fila anterior, y la otra mitad de la posterior. Pero es una belleza efímera, ya que la gente es mayor. El paso de los años hace que esta hilera de casas tenga personalidad propia, cada casa es un cúmulo de proposiciones que los dueños hicieron a sus edificios.

Los colores cambian, las fachadas son una amalgama de estilos o intentos de ello. Pero no son tan populares como en Londres, porque esta calle nunca ha pretendido serlo. Ahora la gente habla de cómo le van las cosas a un tercero en el hospital, el tiempo les pasa facturas, casi tan caras como las del ayuntamiento. Aquí, con un barrio cerrado, por el que no pasa ninguna vía grande directamente al lado (y que bendición supone eso), las vidas intentan aferrarse a ese lapso de tiempo en el que el barrio esta encerrado.

Todavía resiste un mercado tradicional, en el que, sin lugar a dudas, aparecen puestos cerrados. Una similitud que este mercado comparte con algunas de las casas, que parecen vacías de vida. Porque ahora esta mal la cosa para vivir en una casa como esta, a la que no se llega ni con coche. Está mal para este barrio, que se resiste a que nadie le imprima su fecha de caducidad. Está mal para su gente, que se ahoga con su pensión mínima para que encima les graven la basura. Está mal para sus viviendas, ya que aquí muchas casas han sido tiradas abajo, y nuevas construcciones han sido para realquilados en vez de para la gente de la zona.

Pero siguen viviendo, siguen resistiendo, y siguen contando sus historias, historias de la simiente de Madrid, de la gente que ha pasado épocas malas, y épocas menos malas. Historias agradables y muchas veces tristes, de gente que se ha ido, de hijos que olvidan a sus padres, de personas que no aprendieron a escribir porque, sencillamente, no pudieron. Y la verdad es que no es una calle, porque tiene forma de cualquier cosa menos de calle. Pero lo que si es, es un corazón gigante, viejo, pero latente. Un gran corazón que late inyectando a la gran urbe poco a poco parte de su historia, que, como muchos otros pueblos, se va perdiendo lenta pero continuamente.


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2 comentarios:

Amarant dijo...

Sobrecogedor...
Entiendo perfectamente las sensaciones que aquí se describen, para un servidor es una bendición vivir en un lugar tan tranquilo.
Quizá algún día...

Isra dijo...

Jolín nen...

me has dejao de piedra con tanto sentimiento.

Enhorabuena por este pequeño texto tan sentido.

Isra